Mundo ficciónIniciar sesiónAsí pasaron dos semanas en las que me llegué a preguntar si realmente no sería más sencillo solo matar a todos en mi camino a la salida.
Entonces algo cambió. El día parecía igual que cualquier otro… hasta que los aullidos retumbaron en cada pared. Un sonido grave, sostenido, que anunciaba problemas. —Todas afuera. Ahora —El guardia que abrió nuestra puerta no necesitó repetirlo. No sería una petición extraña... Si no fuera porque en teoría ya habíamos terminado nuestras asignaciones por el día y era nuestro momento de descansar. Además, esta vez me hicieron llevar a mi hija conmigo. Nos hicieron formar en una sola fila, obligándonos a caminar en silencio por los pasillos. No hubo murmullos, solo el eco de nuestras pisadas y el olor metálico de la sangre que impregnaba el aire. Nos condujeron hasta las gradas del Coliseo. Las antorchas ardían con más fuerza que de costumbre, proyectando sombras alargadas que parecían moverse por sí mismas. Los Bersakers aguardaban en el centro de la arena: enormes, respirando como bestias impacientes. Claramente eran bestias que acababan de pasar por la "transición", como les gustaba llamarle, y aún no distinguían amigo de enemigo. En mi tiempo siendo el juguete que les gustaba usar para entrenar a los nuevos, Markos me había explicado que todos ellos llevaban cerca de un año como monstruos —no usó esas palabras exactas, pero me sentí libre de interpretarlo— y que antes de pasar por mí eran sometidos a un entrenamiento más estricto para controlar sus ansias por matar cualquier cosa que se les pusiera en frente. Me pregunté vagamente para qué m****a nos querían aquí, pero no tuve que preguntarme por mucho tiempo ya que una puerta se abrió en la arena. Dos lobos salieron de allí; arrastraban a una hembra. La reconocí de inmediato. Era Daria, una de las proveedoras que solía sentarse al fondo del comedor y la hembra que había sido asignada para alimentar a mi cachorra. Su rostro estaba hinchado, la boca ensangrentada, pero sus ojos seguían ardiendo de furia. Cuando nos obligaron a ocupar las gradas, uno de los lobos alzó la voz: —Esta traidora intentó sobornar a un Bersaker para escapar. Su estúpida idea es su condena. Y su condena… es la lección para todas. El silencio fue absoluto. Ni siquiera los cachorros que algunas nodrizas llevaban en brazos se atrevieron a llorar. Los Bersakers fueron soltados uno por uno. A mi al rededor muchas hembras gimieron de horror mientras otra murmuraban con incredulidad que nunca había habido un castigo público. Mis cejas se elevaron. Así que el espectáculo era nuevo. Daria lanzó un alarido, no de miedo, sino de desafío, y corrió en cuanto los lobos la soltaron. Desgraciadamente, los Bersakers no se quedaron quietos. El primero la alcanzó con rapidez y, de un zarpazo, le arrancó la carne del hombro. Ella cayó, pero siguió luchando, mordiéndoles, arañando… Hasta que unas garras le atravesaron el estómago, deteniendo sus movimientos en seco. Las antorchas chisporrotearon cuando su cuerpo quedó inerte. Un lobo en las gradas aulló, y todos los demás lo imitaron. El Coliseo entero vibró con ese coro de muerte. Entonces él apareció. Markos emergió desde una de las puertas laterales, con la misma calma depredadora de siempre. Su sola presencia hizo que los Bersakers retrocedieran un paso. El sonido de sus garras contra la piedra resonó hasta en mis huesos. Su mirada barrió las gradas, lenta, calculadora, hasta que sentí que esos ojos azul hielo se clavaban directamente en mí… y en todas nosotras al mismo tiempo. —¿Por qué m****a —gruñó, la voz amplificada por el eco del Coliseo— tengo que castigar a alguna de ustedes cada maldito mes por ser tan idiotas como para creer que pueden escapar? Nadie Contestó. —Estoy cansado de imponer pequeñas penas —Sus garras se extendieron, relucientes bajo la luz de las antorchas—. De ahora en adelante… simplemente morirán. Un estremecimiento recorrió las gradas. —Si alguna de ustedes quiere suicidarse y ahorrarme la molestia… —su sonrisa se volvió un filo— …es bienvenida a intentarlo ahora. Si no hay otro asunto que atender con ustedes... La invitación quedó suspendida en el aire como un veneno. Y entonces ocurrió. Al menos una docena de hembras se levantaron de golpe. El estruendo de sus pies corriendo hacia las escaleras cortó el silencio como un trueno. Algunas gritaban, otras sollozaban, pero todas se lanzaron hacia la arena con una desesperación que dolía ver. El caos fue instantáneo. Los Bersakers ya se preparaban para alcanzarlas, guardias que bajaban de los pasillos con garras desenvainadas, lobas tropezando entre ellas mismas en una carrera suicida. Tapé los ojos de mi cachorra y cerré los míos. El aire se llenó de alaridos, de chasquidos de hueso, del olor metálico de la sangre fresca. Yo no me moví. Ni un centímetro. Mis brazos seguían firmes alrededor de mi cachorra, recordándome una sola cosa: mis elecciones nos afectaban a ambas. Y yo no iba a dejarla sola en este infierno.






