Capítulo 14.

—Haz que funcione —dijo el tipo sin siquiera mirarlo, con la voz áspera, como si yo no existiera.

Después se giró apenas lo suficiente para clavarle los ojos a Markos.

—Y no vuelvas a interrumpirme con tonterías como esta cuando sabes muy bien que tú eres el encargado del entrenamiento.

El gruñido de Markos resonó en las paredes antes de que pudiera siquiera parpadear.

—¿Y cómo m****a se supone que los entrene si esos idiotas no pueden dar ni dos pasos sin marearse? —sus garras se extendieron, brillando bajo la luz tenue—. Dime, ¿Modificaron la fórmula? ¿Por eso mis nuevos Bersakers son una maldita basura?

El viejo se tensó. La loba bajo él ni siquiera pestañeó. Él, en cambio, gruñó, un sonido profundo y amenazante, y se apartó de la cama con una rapidez que no esperaba. En un solo movimiento quedó de pie, completamente erguido, avanzando hacia Markos.

Cada paso del anciano hacía que las tablas del suelo crujieran. El aire en la habitación se volvió pesado.

Markos no retrocedió ni un centímetro.

—La fórmula no ha cambiado —escupió el viejo, con un gruñido bajo—. Si hay un problema con tus cachorros nuevos, debe ser por tu incompetencia.

Markos se cruzó de brazos, los músculos tensos bajo la camiseta.

—Oh, claro. Entonces eres bienvenido a sostener una pelea con los Bersakers y comprobarlo tú mismo —su sonrisa era puro veneno—. Aunque dudo que quieras perder el tiempo: son tan patéticos que ni siquiera pueden contra una hembra sin entrenar.

Por la mano con la que me señaló, supuse que yo era dicha hembra.

Entonces, un lobo irrumpió por el pasillo, jadeando.

—¡Mensaje urgente! —gritó, inclinándose para recuperar el aire—. Necesitan a Varkhan en el laboratorio… ahora mismo.

El viejo —Varkhan, por lo que intuí— se quedó rígido. Ni siquiera se molestó en cubrirse. Su rostro, antes teñido de ira, se volvió pálido como la ceniza. Sin una palabra, salió corriendo, dejando tras de sí un rastro de olor a sudor, sexo y miedo.

Me quedé allí, esperando que Markos me indicara que podía irme. Él, en cambio, subió a la enorme cama, moviendo a las hembras como si fueran simples muñecas.

—No te quedes ahí, osa —gruñó sin mirarme—. Ayúdame a cargarlas.

Mis cejas se alzaron por puro reflejo. Por un instante consideré girarme y largarme, convencida de que no pensaba cargar con ninguna escena sexual retorcida. Pero entonces noté que Markos solo las estaba cubriendo con sábanas, sin tocarlas de manera indebida. La duda se mezcló con el alivio, y al final decidí ayudar, aunque cada paso lo di con recelo.

Me acerqué y deslicé los brazos bajo el cuerpo de dos lobas inconscientes. Eran más ligeras de lo que esperaba, hueso y músculo apenas sostenidos por la respiración. Markos tomó a las restantes con la misma facilidad con la que otros cargan un saco de harina. Salimos de la habitación y lo seguí en silencio.

Reconocí el camino: la zona de las habitaciones. Pero en lugar de mi piso habitual, descendimos a uno diferente. Markos abrió una puerta sin dudar y depositó a las hembras en los catres disponibles, dándome una mirada breve que equivalía a una orden. Obedecí, acomodando a las dos que traía mientras intentaba no mirarlas demasiado.

Fue entonces cuando lo capté con mi nariz.

Un olor extraño se filtró entre el sudor, el sexo y esa colonia barata que impregnaba a estas lobas. No era sangre, ni metal, ni nada que mi nariz supiera clasificar. Algo más profundo, como una nota escondida en una melodía que no podía descifrar.

Me quedé por un segundo aspirando sin querer, tratando de atrapar aquel aroma antes de que se desvaneciera.

Mi curiosidad se encendió, pero no lo suficiente como para preguntar. Aun así, Markos, como si hubiera leído el ligero fruncir de mi nariz, se inclinó apenas y murmuró cerca de mi oído:

—Un tranquilizante… y un afrodisíaco.

Respingué de inmediato, el estómago encogiéndoseme. Hice una mueca mientras acomodaba a la última de las lobas en el catre, intentando que mi expresión no revelara demasiado.

Claro. Eso explicaba muchas cosas: las miradas perdidas, los cuerpos flácidos, la manera en que ni siquiera habían reaccionado cuando entramos.

Me enderecé, sacudiéndome las manos como si así pudiera librarme del olor. Markos solo me observaba, el brillo cínico en sus ojos diciéndome que disfrutaba de cada mínima reacción que lograba arrancarme.

Markos hizo un breve gesto con la cabeza, indicándome que lo siguiera. Salimos al pasillo y, una vez afuera, se cruzó de brazos frente a mí.

—Esta noche es luna llena —gruñó, la voz seca—. Pero es poco probable que te llamen para la prueba de iniciación de los Bersakers.

Alcé una ceja, esperando una explicación.

—Los idiotas todavía no están listos para luchar y “graduarse” —añadió con una chispa de desdén—. Así que puedes descansar.

No dijo nada más. Simplemente giró sobre sus talones y echó a andar, obligándome a seguirlo. Caminamos en silencio a través de los pasillos húmedos hasta mi piso. Al llegar a mi puerta, se limitó a abrirla y a dejarme pasar sin una sola mirada extra, como si todo lo ocurrido no hubiera sido más que un trámite sin importancia.

Luego la cerró detrás de mí, el clic del cerrojo resonando como un punto final...

Solo que ese no fue realmente el final ya que un par de horas después entraron por esa puerta y fui arrastrada hacia afuera.

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