Capítulo 13.

El Coliseo era un solo rugido. Gritos, llantos, pasos desesperados.

Abrí los ojos, sucumbiendo a la tentación de saber qué pasaba.

Las hembras que habían saltado desde las gradas fueron reducidas en segundos a presas de los Bersakers: colmillos desgarrando carne, garras arrancando miembros. La piedra antigua temblaba bajo el estrépito de la matanza.

Yo lo observé mientras trataba de cubrir a mi cachorra de toda esa violencia. El hedor metálico me llenó la garganta.

En medio del caos, Markos permanecía de pie, erguido como una estatua. No se movió ni cuando un chorro de sangre le salpicó el rostro, pintando de rojo la línea dura de su mandíbula.

Solo al final, cuando los Bersakers terminaron de desgarrar a las últimas, levantó una mano y la arena quedó en silencio.

Se pasó el dorso de la mano por la cara, arrastrando la sangre como si fuera simple sudor. Su mirada recorrió las gradas, afilada, mortal, hasta encontrar cada par de ojos que todavía temblaba.

—¿Alguien más? —gruñó, la voz tan grave que la piedra misma pareció encogerse.

Nadie se movió. Nadie respiró.

Markos sostuvo el silencio unos segundos más, dejando que el miedo se grabara en cada hueso, antes de chasquear los dedos para que los guardias se llevaran los restos.

La lección había sido dada.

—Nadie aquí olvidará el precio de una sola idea de fuga. Y si llegan nuevas hembras que no conozcan el precio, estoy seguro de que será informada por ustedes ya que si se le ocurre intentar cualquier cosa, no solo morirá ella sino todas las hembras de su piso. Ahora, pueden volver a sus habitaciones a tener una agradable noche.

Así fue como todas regresamos a nuestras habitaciones, pero estaba segura de que muy pocas habían logrado dormir de corrido durante los siguientes días.

----------------<3

—De nuevo. Más fuerza en las garras o cualquier cachorro podrá matarte, tres mil ciento dos.

Me mordí la lengua para no bufar y, en cambio, giré con precisión felina, golpeando con el canto de la mano la nuca del Bersaker frente a mí. El enorme cuerpo se desplomó, inconsciente, levantando una nube de polvo.

Un gruñido áspero retumbó en la arena.

—Patético —Markos se llevó una mano al rostro, frotándose la frente con visible fastidio—. Son el lote más inútil que he tenido en todo mi tiempo aquí.

Dos meses habían pasado desde la masacre, y el olor de aquella sangre todavía parecía aferrarse a las piedras del Coliseo.

En ese tiempo, había memorizado cada pasillo, cada puerta vigilada, cada rutina. Había aprendido lo que podía sobre mis captores, sobre los Bersakers y sobre los límites del recinto. Y, aun así, había llegado a un muro invisible: el de las zonas prohibidas.

Ahora, solo obedecía órdenes, entrenaba y aparentaba ser dócil.

Por dentro, sin embargo, ya había matado a cada uno de esos idiotas al menos mil veces.

Markos gruñó de nuevo, más frustrado que antes, y levantó una mano en un gesto brusco.

—Basta. Se acabó por hoy. Largo de mi vista.

Los Bersakers obedecieron a trompicones. Algunos se arrastraban, incapaces de ponerse de pie pero demasiado asustados como para quedarse un segundo más al alcance de su furia. El olor de su miedo era casi tan espeso como el calor que aplastaba el aire.

Yo me quedé inmóvil, secándome el sudor de la frente con el dorso de la mano. En esta época del año el calor era un infierno, y ni siquiera me dejaban patear sus traseros en la sombra.

No es como si el calor abrasador o la luz de la luna hicieran ninguna diferencia para incapacitar a su muy estúpida próxima generación de Bersakers.

—Tú, sígueme —ordenó Markos, clavando en mí esos ojos que parecían rebanarme por la mitad.

Tragué el polvo y lo seguí en silencio, cada paso resonando en nuestro camino de regreso al Coliseo.

El tipo avanzaba a paso rápido, los hombros tensos, la furia emanando de cada poro. Casi podía sentirla quemándome la piel, y eso… eso era una distracción pequeña, pero poderosa.

En estos pocos meses aquí, me había dado cuenta de algo que no pensaba admitir en voz alta: me atraía el maldito lobo. Sobre todo cuando estaba enojado, y eso era prácticamente todo el tiempo.

¿Tenía gustos cuestionables? Por supuesto.

¿Importaba algo cuando llegara el momento de matarlo para conseguir la libertad de mi cachorra y la mía?

Ninguna.

Dejé de divagar cuando noté que Markos me guiaba por un pasillo que nunca había recorrido antes. Cada giro era un cuadrante nuevo, cada sombra un recordatorio de lo poco que conocía este maldito lugar.

Traté de memorizar oncluso el más pequeño de los detalles.

Caminamos en silencio hasta que dobló a la izquierda y empujó una puerta enorme sin siquiera mirar atrás.

—¿Markos? —gruñó alguien dentro de esa habitación. Markos me frenó el paso con una mano —. ¿Qué m****a…?

—Tu último lote no sirve —soltó sin rodeos.

Entonces me hizo un gesto para que entrara.

Fruncí el ceño, pero lo seguí. Al cruzar el umbral me golpeó una escena que me revolvió el estómago. Era una habitación extraña, sofocante, impregnada de sudor y algo peor. Alrededor de una cama descomunal, que prácticamente devoraba el espacio, había hembras en distintos estados de desnudez, como muñecas rotas, apenas respirando.

En el centro, un lobo bastante entrado en años se movía encima de una loba que miraba hacia la nada, los ojos vacíos, el cuerpo quieto como si ya no le perteneciera. El viejo levantó la cabeza apenas un instante, molesto por la interrupción, y gruñó algo ininteligible antes de seguir con su labor repugnante.

Tragué saliva, los dedos temblándome a pesar de mí misma.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP