Capítulo 15.

Alcancé a susurrar el nombre de Selene antes de que me empujaran hacia el pasillo.

Ella salió de un salto de su cama y se dirigió hacia mi pequeña que lloraba desconsolada.

—Yo cuidaré de tu hija.

Fue lo último que escuché antes de que la puerta fuera cerrada de golpe tras de mí y un lobo gruñera en mi dirección.

El lobo detrás no me dio oportunidad de preguntar nada más; su empujón me obligó a avanzar por el corredor. Más adelante, otra puerta se abrió y una hembra salió arrastrando los pies, flanqueada por dos guardias. El sonido metálico de sus grilletes chocando contra el piso hizo que mi estómago se encogiera.

Parpadeé cuando noté que yo no tenía ninguna restricción. Pensé que quizá era porque no tenían que amenazarme ni ponerme cadenas, solo les bastaba con mencionar a mi cachorra y yo sería el ejemplo de buen comportamiento.

Nos condujeron hasta el pasillo que llevaba a la oficina de Markos, donde ya aguardaban otras tres hembras. Todas evitaban mirarse entre sí, los hombros tensos, los labios apretados. La escena me dio una mala espina… y no me equivoqué.

Uno de los lobos se acercó con un trozo de tela áspero. Antes de que pudiera reaccionar, me cubrió los ojos con él y lo ajustó con un nudo fuerte.

El sonido de nuestras propias respiraciones, rápidas y desiguales, era lo único que rompía el silencio mientras nos guiaban a algún lugar

desconocido.

Caminamos, bajamos y subimos escaleras durante lo que pareció una eternidad. En la oscuridad, mis sentidos se agudizaron. El eco de nuestros pasos contra el cemento frío me decía que estábamos en un nivel profundo del Coliseo. A veces el aire se volvía más húmedo, casi pegajoso, y luego cambiaba a un olor metálico, como sangre reciente mezclada con productos químicos. Cada vez que girábamos en un pasillo podía distinguir el chirrido de bisagras oxidadas, el roce de garras sobre el suelo, y un zumbido grave, constante y extraño. Como si una colmena pudiera existir aquí debajo.

Finalmente, una voz seca ordenó:

—Quietas.

Nos detuvimos de golpe. Oí el chasquido de una cerradura y luego el gemido de una puerta pesada abriéndose. La tela que cubría mis ojos se aflojó y alguien la arrancó de un tirón.

La luz blanca me cegó por un instante. Parpadeé varias veces antes de poder enfocar y… no supe qué demonios estaba viendo.

Era una sala enorme, demasiado limpia, con paredes y piso recubiertos de algún ripo de cemento brillante que reflejaban las luces de tubos con luz extraña. Filas de figuras de vidrio, como las que a Lia le gustaba usar para sus experimentos con las flores de cerezo, se alineaban en las paredes, cada una conectada a mangueras que llevaban líquidos de distintos colores: algunos transparentes, otros de un rojo pálido o un azul lechoso.

Mesas de acero ocupaban el centro, cubiertas de instrumentos que reconocí: jeringas del tamaño de mi brazo, frascos con etiquetas que no podía leer, bandejas de cristal con agujas tan finas que parecían brillar. A un lado, pantallas negras mostraban imágenes en verde: siluetas de cuerpos y garabatos que cambiaban a cada segundo.

El zumbido que había escuchado antes venía de una máquina enorme en la pared del fondo, una torre de metal con cosas alargadas y circulares que giraban lentamente, como si respiraran. Cada vuelta dejaba escapar un siseo de vapor blanco. Todo desprendía un olor áspero, una mezcla de agua quemada y plantas podridas.

Cada rincón gritaba peligro sin que yo pudiera entender por qué.

Decidí quedarme donde estaba. No porque tuviera miedo, sino porque moverme sin entender el terreno era una estupidez. Observé. Escuché. El miedo de las otras hembras era tan evidente que casi podía saborearlo, amargo y pegajoso, pero yo lo aparté de la nariz como si fuera polvo.

—Acuéstense en las camas. —ordenó un lobo, su voz grave cortando el murmullo de respiraciones contenidas.

¿Qué camas?

Una de las hembras tembló mirando las mesas, dando apenas un paso atrás.

—No… por favor. Aún no ha pasado tanto tiempo desde mi último cachorro…

El golpe llegó antes de que terminara la frase.

El chasquido seco de carne contra carne resonó en las paredes. La hembra voló hacia un costado y cayó sin un quejido.

¿Inconsciente? ¿Muerta? No lo sabía.

El Berseker que la había golpeado nos miró una por una. Su gruñido vibró en el suelo, un sonido hecho para intimidar.

—¿Alguna otra tiene algo que decir?

Lo sostuve la mirada apenas un latido, no en desafío, solo midiendo. Sus ojos eran fríos, sin una chispa de razón detrás. No valía la pena provocar a un animal como ese, no ahora.

Todas fuimos obedientemente hacia las mesas / camas.

El metal helado me mordió la piel a través de la ropa fina. Las camas tenían correas en los bordes, gruesas y ásperas, pero forradas con algo que olía a cuero recién cortado. Dos lobos se acercaron sin decir una palabra y ajustaron las cintas sobre mis muñecas y tobillos. No era una sujeción cualquiera: cada hebilla tenía un sonido distinto, un clic seco que me recordó a trampas de caza —como las que mis sobrinos, su Protectora y yo nos dedicamos a buscar en el territorio del Alfa Alan durante mis últimos meses allí— hechas para no ceder aunque la presa se retorciera.

A mi alrededor, escuchaba las respiraciones entrecortadas de las otras hembras, el roce de las correas y el zumbido constante de las luces que colgaban del techo. Un lobo trajo un tubo transparente lleno de líquido claro. Lo colocó en una cosa que parecía una charola con botones que vibraba levemente, como si dentro hubiera algo vivo. Luego encendieron un aparato con una luz blanca que bajaba como un ojo de luna justo sobre cada camilla.

Otro de los lobos tomó una aguja delgada, conectada a un pequeño frasco de cristal. Pinchó el brazo de la hembra más cercana y extrajo un poco de sangre, que luego vació en el tubo. El líquido cambió de color apenas la sangre lo tocó, como si reaccionara. El lobo revisó la mezcla con el ceño fruncido, observando el tono que iba tomando: primero un rosa pálido, después algo más intenso.

Después, otro se inclinó sobre su abdomen, presionando con una especie de cuerno metálico que parecía hueco. No supe si buscaba calor, movimiento o quién sabe qué. Solo noté que lo apoyaba en varios puntos y luego miraba una pequeña placa luminosa que sostenía en la mano, como si allí apareciera una respuesta invisible para mí.

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