Capítulo 7.

Nos condujeron hasta un patio interior donde varios lobos esperaban, unos con tablillas de madera en la mano, otros con látigos enrollados al cinto. Uno de ellos, de hocico ancho y cicatrices que le cruzaban el cuello, nos miró con el fastidio de quien revisa mercancía en mal estado.

—Secciones por habitación —ordenó con voz áspera.

Las hembras comenzaron a agruparse de manera automática, como si ya hubieran pasado por esa rutina incontables veces. Yo me quedé un segundo quieta, hasta que sentí
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