Mundo ficciónIniciar sesiónNos condujeron hasta un patio interior donde varios lobos esperaban, unos con tablillas de madera en la mano, otros con látigos enrollados al cinto. Uno de ellos, de hocico ancho y cicatrices que le cruzaban el cuello, nos miró con el fastidio de quien revisa mercancía en mal estado.
—Secciones por habitación —ordenó con voz áspera.
Las hembras comenzaron a agruparse de manera automática, como si ya hubieran pasado por esa rutina incontables veces. Yo me quedé un segundo quieta, hasta que sentí la mano de Selene en mi hombro guiándome junto a ella, Nora, Brigitte y Lena.
El lobo nos recorrió con la mirada y asintió.
—Ustedes, limpieza de cadáveres.
No explicó más, solo señaló con la mano hacia un pasillo.
Fui empujada por el resto de mis compañeras para seguirlas hacia unas escaleras que descendían a las entrañas del Coliseo.
Nadie habló, caminaron en silencio bajo la atenta mirada de los lobos. Al bajar, una por una tomó una antorcha.
No había que ser un genio para saber qué teníamos que hacer con los cadáveres.
El hedor que nos golpeó allí abajo lo decía todo.
Montones de cuerpos apilados esperaban ser arrastrados, clasificados o simplemente tirados a fosas comunes. Sangre reseca, órganos y huesos quebrados adornaban desperdigados cada rincón.
Mis cejas se elevaron, pero guardé silencio y comencé a imitar a todas.
El trabajo era brutal. Empujar cuerpos que todavía estaban tibios, esquivar charcos pegajosos y apartar extremidades como si fueran basura. Algunas hembras murmuraban plegarias, otras lo hacían en silencio, con la mirada perdida.
Horas después, cuando los últimos restos fueron arrastrados fuera, el mismo lobo regresó.
—Suficiente por hoy. Pueden ir al comedor.
Nos empujaron hacia un corredor más amplio. El olor a muerte fue sustituido, poco a poco, por el de un caldo ralo y pan duro. No era un banquete, pero el simple hecho de que la palabra “comedor” existiera en ese lugar casi me arrancó un suspiro de alivio.
Desde que había llegado a este lugar, mi única comida eran trozos de carne que me arrojaban de vez en cuando. No me había quejado ya que a mi hija le daban leche en buen estado cada par de horas y temía que si les gruñía siquiera más de la cuenta por un tema tan trivial para ellos (como parecía ser) castigarían a mi cachorra por ello.
Me encontraba hambrienta y débil, pero no podía mostrarlo así que era un gran alivio para mí el saber que no me matarían de hambre.
El lugar estaba dispuesto de forma eficiente: largas filas de mesas metálicas atornilladas al suelo, charolas de metal apiladas en un extremo y hembras agrupadas en pequeños bandos, cada una defendiendo su espacio como si de un territorio se tratara.
Nos formamos en la fila. El ruido era constante: platos golpeando contra las mesas, cuchicheos tensos, alguna risa desquiciada aquí y allá.
Cuando al fin me tocó, una loba detrás del mostrador deslizó una charola hacia mí. Encima, un cuenco de caldo grasiento, un pedazo de pan duro y un vaso con agua turbia. Lo tomé y me abrí paso entre las mesas.
Los grupos ya establecidos eran fáciles de reconocer: unas hembras que comían sin preocupaciones como si aquello fuera una simple cena; otras calladas, encorvadas sobre sus platos; y unas pocas que se mantenían en las esquinas, listas para saltar al menor movimiento.
Un grito me obligó a girar la cabeza.
—¡Esa es mi mesa, perra! —una hembra de ojos enrojecidos empujó a otra, derramándole el caldo encima.
El golpe resonó y en un parpadeo ambas estaban sobre la mesa, tirándose del cabello y arañando con furia. El rugido gutural fue lo único que las detuvo.
Desde una de las sombras del comedor emergió un lobo mutante, enorme, de dos metros de altura y ojos amarillentos que brillaban con odio. Caminaba erguido sobre dos patas, la piel surcada por cicatrices y la mandíbula chorreando saliva.
Con un simple manotazo envió a las dos hembras contra la pared. El silencio se hizo de inmediato.
El mutante las miró un segundo más, luego emitió un gruñido grave que hizo retumbar el comedor. Nadie se movió.
Acto seguido, volvió a las sombras de donde había salido, como si nunca hubiera estado allí.
Nadie fue a ver si las hembras estaban bien, ni siquiera cuando la sangre comenzó a correr entre sus cuerpos.
—Por aquí —Selene me hizo un gesto con la cabeza, apartando con el hombro a un par de hembras que parecían demasiado ocupadas en mirar a la nada para protestar.
Me acerqué con la charola apretada contra el pecho y me senté junto a ella y las otras de nuestra habitación. Ellas ya estaban comiendo y me prestaron poca o ninguna atención. Parecía que había reglas silenciosas en aquella mesa.
Selene se inclinó hacia mí, su voz apenas un murmullo entre el bullicio del comedor.
—Más vale que entiendas cómo se mueve este lugar —Me miró con sus ojos claros y cansados, como si ya hubiera repetido aquel discurso muchas veces antes—. Aquí nos dividen en tres: luchadoras, incubadoras y proveedoras.
La palabra incubadoras me hizo querer gruñir.
—Las luchadoras van al coliseo. Pelean entre ellas o contra los Bersakers -hizo un gesto hacia los lobos mutantes- para entretener a los lobos. Y si sobreviven, lo repiten al día siguiente. No llegan muchas de esas.
Hizo una pausa para tragar un bocado de pan duro, como si necesitara un segundo para contener el asco que le provocaban sus propias palabras.
—Las incubadoras… son las que tienen peor suerte —Torció la boca en una mueca amarga—. Los lobos las consideran “atractivas”. Las usan una y otra vez hasta que quedan preñadas, y así mantienen el repuesto constante de mutantes.
Selene no se detuvo.
—Y las proveedoras son las nodrizas. Amamantan, crían y cuidan a todos los cachorros, propios o no. Lobos, híbridos, lo que sea. Mientras un cachorro esté vivo, es trabajo de una proveedora que no le falte leche ni calor.
Se echó hacia atrás, suspirando.
—Claro, esas son las tres categorías principales, pero no significa que alguien se quede siempre en una sola. Hay hembras que hacen dos, incluso las tres cosas a la vez. Todo depende del humor de los que mandan.
Miré el caldo intocable frente a mí, luchando contra las náuseas. Luchadora. Incubadora. Proveedora. Eran las únicas etiquetas que nos concedían.
Selene me observó con seriedad, bajando aún más la voz.
—Tu única tarea ahora es proteger a tu pequeña… y rezar para que cuando ellos decidan en qué encajarás, no te la arrebaten de los brazos.







