Mundo ficciónIniciar sesiónLos días siguientes encontraron su propio ritmo.
De día, salíamos juntas con el grupo y cumplíamos cualquier tarea que nos asignaran: limpiar, cargar, cocinar… lo que fuera. Durante la comida, yo guardaba un trozo de carne cuando nadie me veía. Y, por la noche, siempre lo dejaba en manos de Selene.
Ella nunca lo rechazaba. A cambio, en las madrugadas en que los lobos dejaban poca o nada de leche para mi hija, Selene la alimentaba sin una queja. Mi cachorra se dormía tranquila en sus brazos, satisfecha y en paz.
No necesitábamos hablarlo. Era un acuerdo tácito, y funcionaba.
Pasaron un par de días antes de que me arrancaran de esa rutina. Ese día, en lugar de seguir a las demás, fui separada del grupo. El lobo que me vigilaba gruñó una sola palabra que me heló la sangre.
—Convocada.
Por Markos.
El lobo encadenó mis manos con brusquedad y, junto a otro lobo, me sacaron de mal modo del sitio en donde se reunían las hembras.
No me llevaron a la oficina de Markos.
Luz del sol apenas visible en el horizonte y el aire helado me golpearon, cada paso que daba aumentaba la tensión en mis músculos. Mi primer instinto fue gruñir, porque me estaban separando de mi cachorra.
La cadena se tensó alrededor de mis muñecas cuando intenté resistirme, y el lobo que me guiaba me dedicó una sonrisa llena de colmillos.
—No intentes nada, osa. Tu cría estará donde debe estar… siempre y cuando tú hagas lo que se te ordene.
Apreté los dientes y seguí caminando. No tenía otra opción.
El sendero era estrecho, empedrado y flanqueado por muros derruidos. Me di cuenta de que estábamos saliendo por la parte trasera del Coliseo, un sitio que no había visto hasta entonces. A lo lejos, pude distinguir un espacio abierto, con un grupo de lobos reunidos alrededor.
Cuando me acercaron, lo entendí: no era una arena para espectáculos, sino un patio de entrenamiento. Y en el centro, encadenado igual que yo, estaba otro oso.
O lo que quedaba de él.
Su pelaje estaba sucio, sus ojos apagados y la respiración pesada, como si cada movimiento le doliera. Heridas viejas y nuevas adornaban su pelaje, un testimonio de dolor en sus músculos al temblar ligeramente.
Y, por lo que podía observar, estaba al final de nuestro tiempo de vida: veintinueve, quizá incluso los treinta años.
Miré sin expresión al lobo que me analizaba de arriba a abajo. Markos no era sutil al respecto, en sus ojos ya podía ver que estaba calculando si yo podría durar haciendo... Lo que sea que haya estando haciendo el oso frente a mí.
Los lobos comenzaron a quitarle las cadenas al oso, y éste se desplomó con un estruendo sordo contra las piedras. Apenas respiraba, un montón de músculos derrotados, y yo entendí en silencio que ya no servía para lo que ellos querían.
Markos no me quitaba los ojos de encima. Su mirada era tan cortante como sus órdenes, tan fría que parecía querer atravesarme.
Entonces, sin previo aviso, extendió su brazo y dejó que sus garras emergieran. No eran como las mías ni como las de ningún lobo que hubiera visto antes: eran imposiblemente largas, negras y brillantes. Un arma hecha de pura brutalidad.
Con un solo movimiento descendió sobre el oso caído, y clavó sus garras en su espalda, justo en el punto exacto del corazón. El rugido ahogado de la bestia se cortó en seco.
Cuando retiró sus garras, la sangre brotó a borbotones y me salpicó las piernas. El olor metálico me envolvió, pero ni siquiera parpadeé. No iba a darle el gusto de ver un gesto de debilidad.
Markos sonrió. Una sonrisa siniestra, satisfecha, como si yo acabara de pasar una prueba invisible.
Luego, con un simple gesto de su mano, me indicó que lo siguiera.
Y yo, con los dientes apretados, caminé detrás de él.
Enseguida fui rodeada por la mirada hambrienta de los lobos que nos seguían. Sus pasos resonaban con firmeza contra las piedras, y yo no quité la vista de en frente.
—Los osos son difíciles de encontrar —comenzó, su voz grave cortando el aire—. Y es aún más difícil encontrar a un jodido oso que no sea un pacifista.
No se giró, pero sabía que me hablaba a mí.
—Obviamente tiene su recompensa capturar a alguien como tú. Perfecta para entrenar a nuestros nuevos lobos… después de su primera transformación Bersaker.
Ahí estaba de nuevo la palabra “Bersaker”.
A estas slturas estaba segura de que era una forma elegante de decir "Abominación".
Me condujo hasta el centro del patio de la pequeña edificación al costado del Coliseo. Allí, varios lobos se transformaban lentamente, sus cuerpos deformándose y creciendo hasta convertirse en algo monstruoso: caminaban erguidos, sus colmillos eran más largos, sus ojos brillaban con locura.
Markos me lanzó una mirada rápida, la misma sonrisa siniestra de antes.
—Hazme el favor de mostrar tus mejores movimientos —Chasqueó los dedos.
De entre los primeros en comenzar, salió a mi encuentro un lobo recién transformado, tambaleante por la violencia de su propio cuerpo, pero con la mirada fija en mí como si fuera su único objetivo.
Las cadenas que aún me ataban a las muñecas fueron soltadas de golpe.
Y entendí lo que Markos quería de mí: sobrevivir.







