Capítulo 9.

Los días siguientes encontraron su propio ritmo.

De día, salíamos juntas con el grupo y cumplíamos cualquier tarea que nos asignaran: limpiar, cargar, cocinar… lo que fuera. Durante la comida, yo guardaba un trozo de carne cuando nadie me veía. Y, por la noche, siempre lo dejaba en manos de Selene.

Ella nunca lo rechazaba. A cambio, en las madrugadas en que los lobos dejaban poca o nada de leche para mi hija, Selene la alimentaba sin una queja. Mi cachorra se dormía tranquila en sus brazos, sat
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