Capítulo 11.

Gruñí por lo bajo y caminé directo hasta la mesa donde Selene y las otras ya estaban reunidas. No eran las únicas en la mesa, y de hecho solo conocía de vista a otra loba, pero no me importó sentarme allí. Dejé caer mi charola frente a mí y comencé a comer sin prestar atención al bullicio del comedor.

Noté, sin embargo, una mirada fija sobre mí. Era Verónica, la loba encargada de “bajar y subir” a las reclusas. Mantenía la barbilla apoyada en su mano mientras me observaba con descaro.

—¿Qué? —le solté con sequedad.

Una sonrisita torcida se dibujó en sus labios.

—Solo digo… el Alfa nunca se interesa por nadie. En todo el tiempo que llevo aquí, ninguna hembra llamó su atención. Y me da curiosidad saber qué ve en ti.

Rodé los ojos.

—No me ve “en ese sentido” —murmuré, con desdén—. Y eso está perfecto para mí ya que no quiero averiguar qué es lo que pasaría si le arranco una mano si tan siquiera piensa en "jugar" conmigo.

Eso arrancó una risita apagada de una de las otras lobas, y por unos minutos la mesa se llenó de comentarios triviales, murmullos sobre las tareas del día y chismes de otras habitaciones. Aproveché esa distracción para bajar la voz, inclinándome apenas hacia ellas.

—¿Qué es realmente este lugar? —pregunté, casi en un susurro—. Y… ¿Cuántas han intentado escapar?

Las palabras parecieron hundirse en la mesa. Las risas se apagaron. Selene fue la primera en mirarme, seria, mientras una sombra oscura se posaba en sus ojos.

Nadie parecía querer ser la primera en abrir la boca, hasta que Verónica se inclinó hacia mí, sus ojos brillando con una chispa de amargo humor.

—¿Este lugar? Es el infierno. ¿Quieres saber cuántas lo han intentado? —susurró, como si la pregunta le supiera a hierro en la lengua—. Todas.

El ruido del comedor seguía de fondo, pero en nuestra mesa reinaba la tensión.

Selene asintió despacio, su rostro sin la calidez que solía mostrar a mi hija.

—Y ninguna lo consiguió.

—Algunas apenas alcanzaron el muro —intervino otra de las lobas, con voz dura—. Las cazaron antes de que dieran diez pasos más allá.

Verónica se encogió de hombros.

—Otras prefirieron lanzarse contra los Bersakers. Mejor morir rápido que regresar aquí y sufrir lo que hacen con las que atrapan.

—¿Y qué hacen con ellas? —pregunté, sin pensar.

Nadie contestó al instante. Solo se escuchó el tintinear de las charolas, un grito distante de algún lobo. Finalmente, Selene bajó la voz a un murmullo que apenas pude captar.

—Depende de su humor. A veces las tiran al Coliseo sin armas. A veces las golpean haciendo que las ganas de huir desaparecen. Otras veces… las convierten en incubadoras hasta que no queda nada de ellas. La muerte solo está reservada a aquellas que no tienen ninguna utilidad más.

Bajé la mirada hacia mi comida, forzándome a tragar aunque el estómago se me hubiera cerrado.

—Mejor guarda tus gruñidos para la arena —añadió Verónica, con una sonrisa torcida—. Escapar no es una opción. Aquí sobrevivir ya es suficiente.

Me guardé cualquier respuesta. ¿De qué servía gruñir o discutir con ellas? Tenían razón en lo que decían, pero eso no cambiaba lo que ardía en mi pecho.

—No pienso quedarme aquí para que mi hija crezca en este lugar —murmuré.

Ellas no replicaron. Quizá porque entendían demasiado bien ese deseo, quizá porque sabían que sonaba imposible.

Más tarde, de regreso en nuestra fría habitación, la cuna me pareció menos hostil solo porque mi cachorra estaba allí, esperándome. La tomé en brazos, la acomodé contra mi pecho y comencé a mecerla mientras un ronroneo bajo vibraba en mi garganta.

Sus respiraciones se acompasaron pronto, pequeñas y dulces, y mis ojos también se fueron cerrando.

No había estado mucho tiempo en este lugar. Escapar todavía era una fantasía sin forma, un impulso más que un plan. No podría intentarlo hasta conocer cada pasillo, cada guardia y cada roca del Coliseo.

Pero lo haría.

Esa noche me pregunté brevemente si mi familia —lo que quedaba de ella— estaría a salvo. Ishaelle, la Protectora de mi sobrino mayor y Alfa, se había quedado con ellos, así que esperaba que al menos estuvieran bien.

Envié una corta oración a Gaia, nuestra diosa de raza antes de dormir.

El amanecer volvió a traer consigo los pasos pesados y los gruñidos de los guardias. Como siempre, abrieron la puerta y nos obligaron a salir en fila. Yo apenas tuve tiempo de dejar a mi hija en brazos de las proveedoras antes de unirme al resto.

Ese día no me tocó luchar ni limpiar cadáveres. En cambio, nos dividieron para realizar distintas tareas de mantenimiento. Primero nos llevaron a los pasillos inferiores, donde la humedad convertía el aire en algo pesado, y nos dieron escobas y cubetas para limpiar la sangre acumulada en las grietas de la piedra. El hedor se pegaba a la piel.

Más tarde, me tocó ayudar a cargar piedras para reparar un muro derrumbado. No era trabajo difícil, así que cada pasillo, cada recoveco, cada guardia vigilando desde las sombras… todo lo iba grabando en mi memoria. Creía que memorizar cada rincón me acercaría a la libertad.

Pronto me di cuenta de lo ingenua que había sido. El Coliseo era un laberinto vivo: guardias que rotaban sin patrón aparente y siempre, los ojos amarillos siguiéndonos.

Si quería escapar algún día, tendría que aprender mucho más de lo que había imaginado... O congraciarme con mis captores.

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