Quiroga llegó antes del amanecer.No era la primera vez que lo hacía, pero esta vez su expresión era distinta. Más tensa, sí, pero también más encendida. Traía una carpeta bajo el brazo y la dejó sobre la mesa del despacho sin decir una palabra. Sebastián y yo nos acercamos mientras él desplegaba los documentos con movimientos precisos, casi reverenciales, como si cada hoja contuviera un explosivo.—He encontrado algo —dijo—. Rastreando el alias "Sombra" di con una base de datos antigua. No tiene nombre completo, pero sí una fotografía.La foto procedía de un archivo de inteligencia. No era reciente, pero sí nítida. Mostraba a un hombre de pelo oscuro y mandíbula cuadrada, con la mirada fría de quien ha visto demasiado. Y en la mano izquierda, claramente visible, una cicatriz blanca y fina como un relámpago diminuto. La misma que había descrito el jardinero.—Es él —dije, con un hilo de voz. Sentí que el estómago se me encogía. Aquel rostro era el del hombre que había estado a centíme
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