La llamada de Quiroga nos llegó a las tres de la madrugada.
—Señor Del Valle —dijo, y su voz era la más tensa que le había oído nunca—. Krause ha vuelto a la mansión. No está fuera. Está dentro.
Sebastián se incorporó de golpe. Yo también. Las sábanas resbalaron sobre el colchón y el frío de la noche me golpeó la piel desnuda. Pero no era el frío lo que me hacía temblar.
—¿Dónde? —preguntó Sebastián, ya en pie, buscando la pistola en el cajón de la mesilla.
—Abajo. En el ala de servicio. Hemos