No dormí.Me quedé tumbada junto a Sebastián, con los ojos abiertos, escuchando el tictac del reloj de pared. Fuera, el viento mecía los cipreses. Dentro, el silencio era tan denso que podía masticarse. Cada sombra me parecía una amenaza. Cada crujido, un presagio.Sebastián tampoco dormía. Lo sabía por su respiración, demasiado controlada para ser la de un hombre en paz. Estaba tumbado boca arriba, con una mano bajo la nuca y la otra extendida sobre el colchón, rozando mi brazo. Un roce leve, casi accidental. Pero no lo era. Sebastián nunca hacía nada por accidente.—Luna —dijo, en la oscuridad.—¿Qué?—No vas a dormir, ¿verdad?—No.Se giró hacia mí. La luz de la luna se filtraba por las cortinas, dibujando sombras plateadas sobre su rostro. Sus ojos verdes me buscaron en la penumbra y me sostuvieron con esa intensidad que me había desarmado desde el primer día.—Ven aquí —dijo, abriendo el brazo.No me lo pensé. Me deslicé sobre las sábanas de seda y apoyé la cabeza en su pecho. Su
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