A la mañana siguiente, Ismael llegó a la mansión con una carpeta nueva y el gesto decidido de quien sabe que tiene la ley de su parte.—La nota que Camila dejó en la cafetería es una amenaza directa —dijo, desplegando los documentos sobre la mesa del despacho—. Junto con la grabación del micrófono oculto, tenemos suficiente para solicitar una orden de alejamiento.—¿Qué necesitamos? —preguntó Sebastián.—Que Luna declare ante el juez. Que explique lo que ha pasado. Lo de la muñeca, lo del arma, lo de la visita a la verja. Todo. Quiero que el juez vea el patrón de acoso.—Lo haré —dije, sin dudarlo.Aquella misma mañana, me presenté en el juzgado. Era la tercera vez que pisaba aquellos pasillos, pero esta vez no iba como demandada, ni como parte de un pleito. Iba como víctima. Y esa palabra, aunque me costaba pronunciarla, era la verdad.El juez, un hombre mayor de cejas pobladas y mirada atenta, me escuchó en silencio mientras relataba cada uno de los episodios. Le hablé de la muñeca
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