Ferrer y Beatriz volvieron al banco una hora después.Quiroga los esperaba en el despacho del subdirector, sentado en la silla de Ferrer como si fuera suya. A su lado, los dos agentes de paisano permanecían de pie, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en la puerta. Ismael revisaba los documentos sobre la mesa. Y yo, de pie junto a Sebastián, contenía la respiración.La puerta se abrió.Gonzalo Ferrer entró primero. Era un hombre de unos cincuenta años, calvo, con gafas de montura dorada y un tic nervioso en el ojo izquierdo. Al ver a Quiroga sentado en su despacho, se quedó paralizado.—¿Qué significa esto? —preguntó, con la voz temblorosa.—Significa que está usted detenido —respondió Quiroga, levantándose con calma—. Por falsificación de documentos, fraude bancario y conspiración para estafar a una particular.Detrás de Ferrer, Beatriz Roth palideció. Llevaba el mismo abrigo oscuro de la noche anterior y el mismo gesto altivo de su hija. Pero sus ojos, esos ojos verdes qu
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