Los días siguientes transcurrieron con la lentitud de un reloj de arena.
Don Ernesto ya no se levantaba de la cama. Las enfermeras lo cuidaban por turnos, y la doctora venía cada mañana para ajustar la medicación. Pero sus ojos azules seguían siendo los mismos. Dos faros en la niebla. Dos luceros que se negaban a apagarse.
—Hoy hace sol —le dije una mañana, sentada junto a su cama.
—Mientes —respondió, sin abrir los ojos—. He oído llover toda la noche.
—Bueno, ahora hace sol. Las nubes se han i