Quiroga llegó a la mansión antes del amanecer.
No era la primera vez que lo hacía, pero esta vez su expresión era distinta. Más tensa. Más grave. Traía una fotografía en la mano y la dejó sobre la mesa del despacho sin decir una palabra. Sebastián la tomó y la examinó bajo la luz de la lámpara.
—¿Quién es? —preguntó.
—No lo sabemos todavía —respondió Quiroga—. Pero es el hombre que se reunió con Ramiro anoche. Mis hombres lo siguieron después del restaurante. Vive en un apartamento del centro,