El viaje de vuelta a la mansión fue distinto al de ida.
Ya no mirábamos el paisaje. Ya no hablábamos de sueños ni de niños. Sebastián conducía en silencio, con las manos firmes sobre el volante y la mirada fija en la carretera. La ramita de ciprés descansaba sobre el salpicadero, junto a su teléfono. Un recordatorio de que nada de lo vivido la noche anterior había sido un sueño. De que Krause estaba en todas partes.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté.
—Lo que prometí. Terminar con esto.
—Pero no sa