Quiroga regresó a la mansión a media mañana.
Esta vez no venía solo. Lo acompañaba Darío, su asistente de siempre, con la misma tableta en la mano y el mismo gesto de no haber dormido bien en varias noches. No lo veía desde el juicio por la impugnación del testamento, pero su expresión seguía siendo idéntica: la de alguien que siempre tenía trabajo pendiente.
—He encontrado algo —dijo Quiroga, dejando una carpeta sobre la mesa del despacho—. El hombre que se reunió con Ramiro ya tiene nombre co