No dormí.
Me quedé tumbada junto a Sebastián, con los ojos abiertos, escuchando el tictac del reloj de pared. Fuera, el viento mecía los cipreses. Dentro, el silencio era tan denso que podía masticarse. Cada sombra me parecía una amenaza. Cada crujido, un presagio.
Sebastián tampoco dormía. Lo sabía por su respiración, demasiado controlada para ser la de un hombre en paz. Estaba tumbado boca arriba, con una mano bajo la nuca y la otra extendida sobre el colchón, rozando mi brazo. Un roce leve,