La mansión se había convertido en una fortaleza. Los guardias patrullaban el jardín a todas horas, las cámaras giraban sin descanso y Quiroga apenas dormía. Pero entre tanta vigilancia, Sebastián y yo apenas teníamos un momento para respirar. Para ser nosotros.
Fue él quien lo propuso.
—Conozco un sitio —dijo aquella tarde, mientras yo intentaba leer en el salón sin conseguirlo—. Una cabaña en las montañas. Es de la familia. Nadie la usa desde hace años.
—¿Y qué hay allí?
—Nada. Solo una chimen