Sebastián se puso la chaqueta con movimientos precisos, casi militares. Abrió el cajón de la mesilla y sacó algo que no le había visto nunca: una pequeña pistola negra que se guardó en la pistolera del cinturón, oculta bajo la chaqueta. No dijo nada. No hizo falta. La determinación en sus ojos verdes lo decía todo.
—Voy contigo —dije, levantándome de la cama.
—No. —Se giró hacia mí—. Esta vez no, Luna. Si Krause está allí, es peligroso.
—Precisamente por eso. No voy a quedarme aquí esperando mi