Krause no apareció en toda la noche.
Tampoco en la mañana siguiente. Ni en la tarde. Los hombres de Quiroga lo buscaron por toda la ciudad, pero el ex espía se había esfumado como si nunca hubiera existido. Era un profesional, nos había dicho Quiroga. Alguien que sabía desaparecer. Y ahora lo estábamos comprobando.
—Esto no me gusta nada —dijo Sebastián, paseándose de un lado a otro del despacho.
—A mí tampoco —respondió Quiroga desde la pantalla del portátil—. Pero no podemos hacer nada más qu