La habitación quedó en silencio después de que todos se fueran. La madre de Sebastián había sido la última en salir, después de prometer que nos traería algo de comer. Valeria y Adrián se habían despedido con un abrazo, y Don Ernesto, antes de irse, me había mirado con una sonrisa que aún me duraba en el pecho.Matías dormía en la cuna junto a la ventana. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas, dibujando sombras doradas sobre su rostro diminuto. Su respiración era pausada, rítmica, como un reloj que marcara el tiempo de una nueva vida. Yo estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas encogidas, mirándolo. Sebastián estaba a mi lado, con el brazo extendido sobre mis hombros y la mirada fija en nuestro hijo.—Estamos solos —dije, en voz baja.—Sí. —Sebastián me apretó el hombro—. Por fin.—¿Sabes que hace un año no sabía que existías? —pregunté, sin apartar la mirada de Matías.—Lo sé.—Y ahora tengo un hijo tuyo. Y estoy sentada en un hospital, mirándolo dormir, y n
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