El día amaneció con una luz distinta.No era la luz grisácea de los días anteriores, cargada de incertidumbre y miedo. Era una luz más clara, más dorada, como si el sol hubiera decidido que ya era hora de volver a mostrarse. Se filtraba por las cortinas y dibujaba líneas cálidas sobre el suelo de linóleo, y por un momento, solo por un momento, el hospital parecía un lugar menos hostil.El reloj de la habitación marcaba las ocho de la mañana cuando el doctor Herrera entró. Llevaba su bata blanca y una carpeta en la mano, pero esta vez su expresión era diferente. No era la máscara de profesionalismo de los días anteriores. Era una sonrisa. Pequeña, cautelosa, pero real. Una sonrisa que iluminaba su rostro y que, por primera vez en días, me permitió respirar hondo.Sebastián se levantó de la silla cuando lo vio. No soltó mi mano, pero su cuerpo se tensó. No era miedo. Era espera. La espera de quien ha estado en vela durante días y necesita confirmar que la tormenta está amainando.—Bueno
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