VICTORIA.Antes de que pueda articular una sola palabra de protesta, me besa.No es un beso de despedida ni uno de cortesía; es un reclamo. Sus labios impactan contra los míos con la fuerza de un choque, calientes y exigentes en medio del aire gélido de Moscú que nos rodea. Siento el frío de la nieve en mi cara y, al mismo tiempo, el fuego de su boca devorándome, borrando cualquier rastro de la conversación que tuve con mi hermana hace apenas unos minutos.Mis dedos se hunden en la lana oscura de su suéter, buscando apoyo, buscando aire. Por un segundo, el mundo se detiene. No existe el testamento, ni mi jefa despedida, ni la voz de mi madre retumbando en mi cabeza. Solo está él, su olor a perfume caro mezclado con el invierno y esa forma suya de sujetarme que me hace sentir que, si me suelta, me desintegraría en la tormenta.Se separa apenas unos milímetros, lo justo para que pueda ver el brillo oscuro de sus ojos. Mi respiración sale en pequeñas nubes blancas que chocan contra su ro
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