VICTORIA.El silencio que deja Maximiliano al marcharse es pesado, lo peor es que no me gusta. Me quedo sentada a la mesa, frente a los restos del desayuno que él mismo preparó. El apartamento, ahora vacío de su presencia, se es, sin temor a equivocarme, una galería de arte minimalista: impecable, caro y profundamente frío.Me levanto de la mesa, recojo los platos y voy a la cocina. Abro el grifo, lavo la losa, la seco y la guardo en su sitio, sintiéndome una extraña en este lugar.Empiezo a caminar por el lugar. Es un espacio frío. No hay fotos familiares, ni cuadros con historia, ni un solo adorno que no parezca comprado por catálogo. Todo es mármol, vidrio y metal. Maximiliano es un hombre simple en su exceso: solo lo funcional, nada de sentimientos a la vista.Entro en su dormitorio. Abro el armario y el olor a su perfume me golpea. Busco entre sus prendas, saco una de sus camisas blancas de algodón y me la pongo. Me quito la bata y dejo que la tela de la camisa me cubra hasta los
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