VICTORIA.Sus manos, esas manos que hace unos minutos empuñaban la muerte, me recorrieron el rostro, los hombros y los brazos buscando alguna herida.—¿Estás bien? —preguntó, su voz quebrándose, mientras sus dedos temblaban contra mi piel, buscando cualquier herida, cualquier rastro de la brutalidad de Adel—. ¡Dime si te tocó! ¡Dime que estás bien!—Estoy bien —sollocé, el aire escapando de mis pulmones en un grito ahogado.Me lancé contra él, enterrando mi rostro en su pecho. Aferré su chaqueta con tanta fuerza que mis nudillos dolían, buscando refugio en el calor de su cuerpo, en el latido frenético de su corazón que, por fortuna, seguía marcando el ritmo de la vida. Las lágrimas empezaron a brotar, una marea de alivio que limpiaba el horror de los últimos minutos. Me dejé envolver por sus brazos, sintiendo cómo me apretaba contra sí, protegiéndome como si el mundo entero pudiera derrumbarse si me soltaba.Levanté la vista, humedeciendo sus solapas con mi llanto, y busqué sus ojos.
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