VICTORIAEl dolor me cruzó la espalda como un hachazo. Solté la taza de té que tenía en la mano; el cristal se estrelló contra el granito de la cocina, esparciendo astillas y líquido caliente por todo el suelo. Me apoyé con ambas manos en el borde de la barra, apretando los dientes para no gritar. El estómago se me contrajo en un espasmo violento, duro como una roca.—¿Victoria? —la voz de Max retumbó desde el pasillo. Sus pasos rápidos y pesados no tardaron en llegar.Me quedé estática, esperando a que la ola de dolor disminuyera, respirando a bocanadas cortas. Cuando abrí los ojos, Max ya estaba frente a mí. Su mirada oscura barrió el suelo roto y luego se clavó en mi rostro pálido.—Empezó —articulé, con la voz ronca, forzando las palabras—. Las contracciones. Son seguidas, Max. No es como las falsas de la semana pasada.Maximiliano no dudó un solo segundo. Me tomó del brazo con firmeza, sosteniendo mi peso mientras otra punzada me obligaba a doblar las rodillas.—Camina despacio.
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