MAX.
La lámpara del techo parpadeaba, proyectando una luz blanca y cruda sobre la superficie de la mesa de metal. El olor a café rancio y a humedad saturaba el aire de la sala de interrogatorios. Tenía las manos esposadas a la argolla central de la mesa, pero no me moví. No me alteré. Mantuve la espalda recta, la mandíbula firme y los ojos fijos en el detective que estaba al otro lado.
El tipo pasó las páginas de un expediente grueso, tomándose su tiempo, buscando intimidarme con el silencio. U