VICTORIA.
Sus manos, esas manos que hace unos minutos empuñaban la muerte, me recorrieron el rostro, los hombros y los brazos buscando alguna herida.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz quebrándose, mientras sus dedos temblaban contra mi piel, buscando cualquier herida, cualquier rastro de la brutalidad de Adel—. ¡Dime si te tocó! ¡Dime que estás bien!
—Estoy bien —sollocé, el aire escapando de mis pulmones en un grito ahogado.
Me lancé contra él, enterrando mi rostro en su pecho. Aferré su chaquet