VICTORIA
La rigidez en el cuerpo de Maximiliano dura apenas unos segundos, pero el peso de su mirada enmudece el baño. El agua le escurre por las cejas, por la mandíbula apretada. No me suelta; al contrario, sus dedos se entierran en mis muslos con una presión que casi lastima.
Un vuelco oscuro y primitivo cruza por sus ojos.
—Repítelo —exige. Su voz es un gruñido bajo, áspero, que vibra directo en mi pecho.
—Tengo un retraso, Max —le sostengo la mirada, sintiendo los latidos desbocados de su c