Dos semanas después, un viernes por la tarde, Mateo esperaba frente a la biblioteca con las manos en los bolsillos. Vestía una camisa gris oscura y jeans negros. Estaba nervioso, pero no como antes. Esta vez era un nerviosismo distinto, casi agradable.Luna salió a las 6:05 pm. Llevaba un vestido azul marino sencillo, una chaqueta clara y el cabello suelto. Cuando lo vio, sonrió con timidez.—Llegué tarde, perdón.—Llegaste perfecta —respondió Mateo con una sonrisa suave.Caminaron juntos hacia la cafetería que estaba a cuatro cuadras. Era el mismo lugar donde Mateo solía llevar a Valeria los domingos, pero esta vez no le dolió entrar.Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Pidieron café y dos trozos de pastel de chocolate. La conversación empezó un poco torpe, pero poco a poco se fue volviendo natural.Luna le contó que había estudiado literatura en la capital y que volvió al pueblo porque extrañaba la tranquilidad. Mateo le habló de su época en la policía y de por qué renunció.
Leer más