Tres noches después, la biblioteca se encontraba completamente a oscuras. Solo el sótano permanecía iluminado por docenas de velas negras y blancas dispuestas en un círculo perfecto. El aire estaba cargado de un olor intenso a incienso, sangre y miedo.Mateo estaba de pie en el centro del círculo, sin camisa, con el torso marcado por símbolos antiguos dibujados con ceniza y sangre. Su mano izquierda aún sangraba lentamente sobre la placa de mármol donde Valeria había dado su vida años atrás.Johanna estaba sentada en una esquina, abrazando fuertemente a la pequeña Valeria. La niña tenía los ojos muy abiertos, sin parpadear, como si estuviera viendo cosas que los adultos no podían ver.Doña Rosa, con la voz ronca por el cansancio, leía en voz alta un antiguo texto mientras pasaba las páginas del grimorio con manos temblorosas.—Está cerca —murmuró la anciana sin dejar de leer—. Puedo sentirlo. Kael ya no es solo una sombra… la secta le ha dado fuerza.Mateo levantó la cabeza. Su mirada
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