Doscientos setenta años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya no pertenecía a nadie y, al mismo tiempo, pertenecía a todos. Se había convertido en un lugar sagrado para la humanidad, un espacio donde personas de todas las culturas, religiones y heridas llegaban en busca de lo que las rosas blancas representaban: la posibilidad real de sanar.Lucía Rivera Solís, de ochenta y dos años, caminaba con lentitud pero con una dignidad profunda por el sendero principal. A su lado iba su tataranieta Victoria, de treinta y cinco años, quien ahora lideraba la red global de jardines blancos.—Bisabuela, esta semana plantamos rosas en un pueblo de Colombia que sufrió décadas de violencia —contó Victoria con voz emocionada—. Las abuelas del pueblo lloraron mientras las sembraban. Dijeron que por primera vez sentían que podían perdonar.Lucía se sentó en el banco central, ese viejo amigo de madera y recuerdos. La placa de mármol ahora tenía treinta y un nombres
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