Quinientos años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya no necesitaba placa ni nombres.Era simplemente “El Jardín”.Nadie recordaba con exactitud cuántas generaciones habían pasado. El nombre “Valeria” ya no pertenecía a ninguna familia en particular, sino al mundo entero. Se había convertido en un apellido común, un nombre que miles de niñas recibían con orgullo, sin que nadie supiera ya por qué.En el centro del jardín original, donde una vez estuvo el viejo banco de madera, ahora había un sencillo círculo de piedra blanca. En su interior, una sola rosa blanca crecía con una perfección casi imposible. Nunca se marchitaba. Nunca perdía sus pétalos. Florecía todo el año, sin importar la estación.Una niña de nueve años llamada Lucía se acercó corriendo esa mañana. Se arrodilló frente a la rosa eterna y susurró:—Abuelas, hoy cumplí nueve años. Mamá dice que cuando tenga diez podré cuidar de ti. ¿Me esperarás?La rosa brilló suavemente, como si re
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