Ciento noventa años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya era un monumento vivo que trascendía fronteras y religiones. La biblioteca Valeria Solís recibía visitantes de todos los continentes, y cada día, personas llegaban con el corazón pesado y se marchaban más ligeras, como si las rosas blancas tuvieran la capacidad de absorber el dolor y devolver paz.Johanna Rivera Solís, de setenta y nueve años, era la guardiana principal. Sus pasos eran lentos, apoyados en un bastón tallado con rosas, pero su espíritu seguía siendo tan fuerte como el de todas las mujeres que la precedieron. Esa mañana de primavera, caminaba por el sendero principal junto a su tataranieta Lucía, de veintiocho años, quien había regresado de un doctorado en Sanación Transgeneracional en Escocia.—Bisabuela, en la universidad me decían que nuestra historia parecía un cuento de hadas oscuro que terminó bien —dijo Lucía mientras ayudaba a Johanna a sentarse en el banco central—.
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