Cien años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Siete Generaciones (ahora oficialmente llamado Jardín de las Diez Generaciones) seguía siendo el corazón vivo de la biblioteca Valeria Solís. El edificio había sido declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, pero la verdadera magia seguía estando entre las rosas blancas que nunca dejaban de florecer.Victoria Rivera, de treinta y dos años, era la actual guardiana principal. Alta, de ojos profundos y sonrisa serena, caminaba cada mañana por los senderos de grava blanca con su hija pequeña, Lucía, de seis años, tomada de la mano. La niña ya conocía cada rincón del jardín y hablaba con las rosas como si fueran viejas amigas.— Mamá, ¿la bisabuela Johanna sigue aquí? —preguntó Lucía esa mañana mientras colocaban flores frescas en el jarrón central.Victoria sonrió y se agachó a su altura.— Sí, mi vida. Todas siguen aquí. No como fantasmas que dan miedo, sino como el viento que mueve las rosas y el aroma que nos abraza
Leer más