Ciento noventa años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya era un monumento vivo que trascendía fronteras y religiones. La biblioteca Valeria Solís recibía visitantes de todos los continentes, y cada día, personas llegaban con el corazón pesado y se marchaban más ligeras, como si las rosas blancas tuvieran la capacidad de absorber el dolor y devolver paz.
Johanna Rivera Solís, de setenta y nueve años, era la guardiana principal. Sus pasos eran lentos, apoy