Veinticinco años después de la partida de Lucía, la biblioteca Valeria Solís seguía siendo el corazón latente del pueblo. Las rosas blancas del jardín interior florecían todo el año, como si el lugar mismo se negara a dejar que el tiempo las marchitara. Los niños del pueblo lo llamaban “El Jardín de las Abuelas” y muchos juraban que, si se quedaban en silencio el tiempo suficiente, podían escuchar risas suaves entre las enredaderas.Sofía Rivera, ahora con cincuenta y siete años, era la directora. Su cabello tenía hilos plateados y sus manos mostraban las arrugas de quien ha pasado décadas cuidando libros y corazones. Esa mañana de otoño, estaba sentada en el banco de piedra del jardín, con una taza de té entre las manos, observando a su hija Valeria (de veintisiete años) organizar un taller de escritura para adolescentes.—Abuela Lucía estaría orgullosa —murmuró Sofía para sí misma.Una brisa suave movió las rosas blancas, como si alguien le hubiera respondido.Valeria se acercó a su
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