La tierra dejó de temblar, pero el silencio que quedó sobre el tejado del palacio se sintió casi peor que el estruendo. El abismo se había cerrado por completo, tragándose al hombre de las cicatrices y a la madre de Sia, dejando solo una enorme cicatriz gris de piedra compacta y polvo flotando en el ambiente. El lobo de plata, aquella inmensa figura del tamaño de un caballo, exhaló un último aliento cargado de vapor brillante y comenzó a encogerse. La piel plateada se retiró con rapidez, devolviendo la forma de un niño pequeño. Leo cayó de costado sobre las tejas, completamente agotado, sumergido en un sueño profundo y natural.Sia se barrió las faldas del vestido, que ahora estaba manchado de hollín y polvo, y gateó por la pendiente del tejado hasta llegar a su hijo. Lo tomó en sus brazos, apretándolo contra su pecho para comprobar que su corazón latía con un ritmo pausado. El menor estaba a salvo, pero la fisonomía de su rostro ya no era la de un bebé; se había quedado congelado en
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