El silencio que siguió a la amenaza de Corin pesó más que el granito de los muros coloniales. Los miembros del Consejo de Ancianos retrocedieron un paso, buscando la sombra de los pilares del salón del trono para ocultar el miedo que les deformaba los rostros. Humberto se frotó las manos con desesperación, mirando hacia el suelo húmedo, incapaz de sostener la intensidad implacable del híbrido del este.
Sia, sin embargo, no parpadeó. Una risa corta y seca escapó de sus labios, un sonido desprov