El silencio que siguió a las palabras de Sia se prolongó por el salón del trono, denso y cargado por una hostilidad que parecía adherirse a las paredes de piedra. El aire, impregnado con el aroma azufrado que el portal había dejado a su paso, se enfrió todavía más, haciendo que las respiraciones de los presentes formaran pequeñas nubes blanquecinas en el ambiente. El frío avanzaba desde las ruedas del vehículo de sombras, cubriendo el granito con una fina capa de escarcha que crujía bajo el menor movimiento.Valerius no bajó el sable. Sus dedos, entumecidos por la baja temperatura y la fatiga acumulada de los combates previos, se aferraban a la empuñadura con una fuerza que le hacía doler los tendones. Sus ojos fijos, encendidos en ese tono violeta que la deidad le había otorgado, no se apartaban de su doble. Cada detalle de aquel hombre era una puñalada a su propia cordura: la caída exacta de los hombros, la forma en que apoyaba el peso sobre la pierna izquierda, la cicatriz de la c
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