Las palabras del auténtico Valerius quedaron suspendidas en el aire gris de la dimensión de bolsillo, pesadas y directas. Su negativa a mentir, a ofrecer un mundo de ilusiones donde el pasado no doliera, se clavó en la mente de Sia con una fuerza que la dejó sin aliento. El ex Alfa no tenía el Cristal de su lado, ni un ejército detrás, pero mantenía esa determinación implacable en los ojos oscuros que la paria había aprendido a reconocer y, de una manera retorcida, a desear.El impostor, al notar que su oferta de una realidad perfecta no había provocado la respuesta inmediata que esperaba, dio un paso lateral. Su rostro, surcado por las marcas que el laboratorio le había impuesto como castigo, se contrajo en un gesto de pura envidia. Apretó la daga de hueso contra su pierna, mirando a su doble con un odio que parecía hervirle en la sangre.—Eres un idiota —siseó el clon, y su voz ronca rebotó en las paredes oscuras de granito—. Le ofreces las migajas de una fortaleza destruida y un ni
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