Sia no tocó la silla contigua que el recién llegado le ofrecía. Permaneció de pie bajo la luz humeante de las antorchas, sintiendo el roce de la lana fina del vestido púrpura sobre su piel, una prenda que le resultaba una burla directa a su situación. El comedor real, con su gran mesa de madera cargada de fuentes de plata y jarras de vino espeso, parecía un escenario montado para una celebración vacía. La joven miró al hombre de las cicatrices, quien mantenía esa cortesía exagerada que a ella l