Su control se hizo pedazos.Caleb me levantó de la silla con un gruñido gutural y me sentó sobre el escritorio, pero esta vez no fue solo urgencia: fue necesidad pura. Sus manos temblaban ligeramente cuando acunaron mi rostro y me besó como si se estuviera ahogando y yo fuera el aire que necesitaba para vivir.Fue un beso devastador, profundo, desesperado. Sus labios devoraron los míos con hambre y devoción al mismo tiempo, su lengua enredándose con la mía mientras gemía contra mi boca. Mis dedos se clavaron en su nuca, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundirme con él.—Alexandra… —susurró con voz rota contra mis labios, casi suplicante—. Por fin… joder, por fin.En segundos me desnudó con manos reverentes pero impacientes. La blusa y la falda volaron junto con su camisa. Cuando quedamos piel contra piel, Caleb soltó un sonido ahogado y me abrazó con fuerza, como si temiera que desapareciera. Sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, mis muslos, memorizándome.Bajó por mi c
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