Lujuria en la Oficina

Capítulo 12: Sangre Corporativa

El frío del aire acondicionado del penthouse parecía haberme congelado los pulmones.

Mi mirada seguía clavada en la pantalla del teléfono, en el mensaje de Mateo amenazando con enviar a la policía fiscal a la clínica de mi madre, apoyándose en la mentira asquerosa que acababa de filtrar a The Financial Whisper.

Antes de que pudiera reaccionar, una mano grande y firme me arrebató el aparato.

Caleb leyó la pantalla. No gritó. No arrojó el teléfono contra la pared ni maldijo en voz alta. Su reacción fue mil veces más aterradora. El silencio a su alrededor se volvió absoluto, y sus ojos oscuros adquirieron la frialdad plana y letal de un francotirador fijando su objetivo.

—Llama a seguridad —ordenó Caleb, sin mirarme, tecleando un número en su propio teléfono móvil con una rapidez mecánica—. Quiero dos hombres armados en la puerta de la habitación 402 de la Clínica Santa Elena en menos de diez minutos. Nadie entra ni sale sin mi autorización personal. Y quiero el coche listo en el garaje.

—Caleb, espera... —reaccioné, saliendo de mi parálisis y agarrándolo del brazo—. ¿A dónde vas?

—A romperle las dos piernas a Mateo Vance y a asegurarme de que no vuelva a tocar un teclado en lo que le quede de vida —respondió, su voz tan carente de emoción que me puso los pelos de punta.

Se giró hacia el ascensor, pero me interpuse en su camino, bloqueándole el paso con mi cuerpo. —¡No! ¡Eso es exactamente lo que él quiere! —grité, apoyando mis manos en su pecho rígido—. Caleb, mírame. Mateo acaba de filtrar un artículo acusándome de desfalco. Si el CEO de Navarro Holdings aparece esta noche y le rompe la cara a mi exsocio, le estarás dando la prueba a la prensa de que yo soy una criminal y tú mi matón a sueldo.

Caleb tensó la mandíbula, los músculos de sus brazos rígidos bajo la tela de su traje. —Amenazó a tu madre, Alexandra. No me pidas que me quede aquí cruzado de brazos.

—No te pido que te cruces de brazos. Te pido que uses el cerebro que te convirtió en multimillonario —le exigí, sosteniéndole la mirada con fiereza, negándome a ceder ante su instinto asesino—. Mañana a primera hora tienes la asamblea con la junta directiva. Richard va a usar este artículo para exigir tu destitución. Si pierdes el control hoy, perdemos la empresa, pierdo mi agencia y Mateo gana.

La respiración de Caleb era pesada, chocando contra mi rostro. Sus ojos escrutaron los míos, buscando cualquier rastro de debilidad. Al no encontrarlo, cerró los ojos por una fracción de segundo y exhaló con fuerza.

—Dime que tienes un plan, fiera —murmuró, rodeando mi cintura con una mano y atrayéndome contra él por pura necesidad de contacto.

—Soy relacionista pública, Caleb —respondí, sintiendo que la adrenalina reemplazaba al terror—. Las crisis son mi terreno. No vamos a usar los puños. Lo vamos a desangrar con papel.

A las ocho de la mañana del día siguiente, el ambiente en la inmensa sala de juntas del piso sesenta y cinco era tan denso que amenazaba con asfixiarme.

La mesa ovalada de caoba estaba rodeada por quince de los accionistas más implacables del país. En el extremo opuesto a Caleb, sentado con una postura insoportablemente triunfal, estaba su primo Richard. Y en el centro, presidiendo la masacre, la abuela Victoria.

Yo estaba sentada a la derecha de Caleb, vestida con un traje sastre blanco inmaculado. Una armadura de seda y lana.

—Los números son preocupantes, pero las noticias de hoy son inaceptables —declaró Richard, poniéndose de pie y apoyando las manos sobre la mesa. Presionó un botón y la pantalla gigante de la pared proyectó el titular rojo de The Financial Whisper—. Asumir una deuda de dos millones de dólares de una agencia en quiebra ya era un movimiento financiero cuestionable, Caleb. Pero traer a esta familia a una mujer que está a punto de ser investigada por la policía fiscal por robar fondos para pagar lujos médicos... eso es negligencia fiduciaria.

Un murmullo de desaprobación recorrió la sala. Varias miradas afiladas se clavaron en mí. Victoria Navarro mantenía una expresión ilegible, sus manos descansando sobre la empuñadura de plata de su bastón.

Caleb se reclinó en su silla de cuero, irradiando una calma fría y letal que contrastaba violentamente con la furia que yo sabía que hervía bajo su traje. Se ajustó los gemelos, preparándose para desatar el infierno, pero antes de que pudiera pronunciar una sola sílaba, me levanté.

—Si me permite, vicepresidente —mi voz resonó clara, firme y amplificada por la acústica de la sala.

Richard parpadeó, desconcertado por mi interrupción. Caleb me miró de reojo. Podía sentir el calor de su mirada sobre mi perfil, pero no me detuve.

—Adelante, señorita Rivera —dijo uno de los accionistas más ancianos—. Aunque dudo que pueda justificar un escándalo de malversación que está manchando el apellido de nuestro holding.

Esbocé una sonrisa de hielo, perfectamente calculada. Era mi turno de jugar en las ligas mayores.

—El escándalo es para los novatos, caballeros. Lo que ustedes están leyendo en esa pantalla es un blog amarillista que no supera las diez mil visitas diarias —dije, sacando una pequeña tablet de mi portafolios y conectándola al sistema de la sala.

La imagen del blog de chismes desapareció, siendo reemplazada por la portada digital en vivo del Wall Street Journal.

—Esto, en cambio, es la realidad —sentencié.

El titular del Journal rezaba: "NAVARRO HOLDINGS EXPONE FRAUDE EN VANCE PR. LA FIRMA RESCATA A LA TALENTOSA COFUNDADORA TRAS AUDITORÍA INTERNA."

La sala quedó en un silencio sepulcral. Richard palideció de golpe.

—Desde las tres de la mañana —expliqué, caminando con paso seguro por el borde de la mesa, atrayendo la atención absoluta de cada persona allí presente—, he estado en conferencias con mis contactos editoriales. Les entregué, bajo embargo, el expediente de la auditoría que el equipo legal de Caleb realizó ayer.

Miré directamente a Richard, sosteniéndole la mirada hasta que él tragó saliva.

—Mateo Vance fue quien desvió los fondos, y la inyección de capital que hizo Caleb no fue para encubrir un crimen, sino para rescatar una inversión viable. Caleb actuó con una rapidez y una ética corporativa que los mercados adoran.

Cambié la diapositiva en la pantalla. Aparecieron los logotipos de dos de los fondos de inversión internacionales más estrictos.

—La imagen de Caleb Navarro como un CEO volátil y agresivo ha sido el mayor obstáculo para la entrada de capitales conservadores internacionales —continué, mi tono destilando pura autoridad—. Al rescatar mi agencia y exponer el fraude, Caleb demostró que su mandato no tolera la corrupción. Hace diez minutos, el Grupo Vanguard y Kinsley Investments acaban de confirmar una inyección de capital masiva a Navarro Holdings. Las acciones, que abrieron con una ligera baja por el chisme, cerrarán hoy con un alza proyectada del siete por ciento.

Apagué la pantalla y dejé el control sobre la mesa de caoba.

—Así que no, Richard —rematé, mirándolo con una frialdad que lo hizo encogerse en su asiento—. Mi presencia aquí no les está costando reputación. Acabo de hacerlos a todos ustedes mucho más ricos. De nada.

El anciano que había hablado antes soltó una carcajada ronca, golpeando la mesa con la palma de la mano. —Brillante —murmuró, mirando a Caleb con renovado respeto—. Su prometida es aterradora, Navarro. No la deje ir.

—No planeo hacerlo, Arthur —respondió Caleb.

Su voz era un ronroneo profundo, pero cuando giré el rostro para mirarlo, el impacto de sus ojos oscuros casi me debilita las rodillas. No me miraba como un CEO aliviado por la victoria. Me miraba como un hombre al borde de la desesperación por poseerme.

La asamblea se disolvió en un murmullo de felicitaciones y apretones de manos hacia Caleb. Victoria Navarro se levantó lentamente, me dedicó un asentimiento casi imperceptible y salió de la sala. Richard salió detrás de ella, con el rostro descompuesto por la humillación.

Apenas se cerró la puerta tras el último miembro de la junta, Caleb se puso de pie. Me tomó de la mano. Su agarre fue duro, posesivo, casi doloroso. No dijo una palabra mientras me arrastraba fuera de la sala y caminábamos a zancadas por el pasillo hacia su despacho privado.

En el instante en que cruzamos el umbral, Caleb empujó las gruesas puertas de nogal y pasó el pestillo de seguridad con un ruido sordo.

Antes de que pudiera tomar aire para hablar, me tomó por la cintura, me levantó del suelo y me sentó con fuerza sobre el cristal oscuro de su inmenso escritorio de obsidiana. Documentos y carpetas cayeron al suelo, pero a ninguno de los dos le importó.

Caleb se abrió paso entre mis piernas, acorralándome con su cuerpo.

—¿Tienes alguna maldita idea de lo que provocaste en mí al verte destrozar a mi primo frente a toda la mesa directiva? —su voz era un gruñido áspero, su rostro a milímetros del mío, su respiración chocando contra mis labios.

—Estaba salvando nuestra inversión, esposo —susurré, mi respiración agitada, sintiendo la dureza innegable de su cuerpo presionado contra mis muslos—. Te dije que mi cerebro no venía incluido en el contrato de deuda.

—Al diablo el contrato y al diablo la inversión —murmuró él, sus ojos ardiendo con una intensidad que amenazaba con incendiar la oficina entera—. Eres la mujer más espectacular y letal que ha pisado este edificio. Y te quiero a ti. Aquí. Ahora.

Caleb no esperó mi respuesta. Sus manos subieron por mis muslos, aferrando mis caderas para atraerme aún más contra él, y estrelló su boca contra la mía.

El beso fue brutal, casi salvaje. Su lengua invadió mi boca con urgencia, dominando cada rincón mientras sus caderas se mecían contra mí con fuerza. El escritorio de obsidiana estaba frío bajo mis muslos, pero el calor que emanaba de su cuerpo lo compensaba con creces. Sentí su polla dura, gruesa y palpitante, frotándose sin piedad contra mi centro a través de la tela de mi falda. Cada roce deliberado hacía que mi clítoris latiera con fuerza.

—Joder, Alexandra… —gruñó contra mis labios, mordiéndome el inferior con rudeza antes de volver a devorarme.

Sus manos subieron por mis costados, apretando mis pechos por encima de la blusa con posesión descarada. Tiró de la tela, desabrochando los primeros botones con impaciencia mientras su boca bajaba a mi cuello, chupando y mordiendo la piel sensible. Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura por instinto, atrayéndolo más cerca. La fricción de su erección contra mi ropa interior empapada era enloquecedora. Gemí alto, sin poder contenerme, y clavé las uñas en su nuca.

Caleb metió una mano entre nuestros cuerpos, subiendo mi falda hasta la cintura. Sus dedos rozaron la tela húmeda de mis bragas y soltó un sonido ronco de aprobación.

—Tan mojada para mí… Mi esposa perfecta —susurró con voz oscura mientras presionaba dos dedos contra mi clítoris hinchado, frotando en círculos firmes.

El placer me golpeó como una ola. Empecé a mover las caderas contra su mano, buscando más, perdiendo el control. Estaba a punto de suplicarle que me follara ahí mismo sobre el escritorio cuando un ruido lejano de voces en el pasillo me devolvió a la realidad.

—Caleb… —jadeé, agarrando su muñeca con fuerza—. Detente… Estamos en la empresa. Alguien podría…

Él no se detuvo de inmediato. Siguió besándome con hambre, frotando su palma contra mi coño empapado una vez más, como si quisiera dejarme al borde del orgasmo a propósito.

—Que se jodan —gruñó contra mi boca.

—Por favor… —supliqué entre gemidos, aunque mi cuerpo se arqueaba traicioneramente contra él—. No aquí. No ahora.

Caleb se detuvo con visible esfuerzo, respirando como un animal. Apoyó su frente contra la mía, los ojos negros de lujuria contenida. Su mano todavía descansaba posesivamente sobre mi sexo, sintiendo cómo palpitaba.

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