A la mañana siguiente, la luz áspera de Nueva York se filtraba por las rendijas de las persianas.
Me desperté con un dolor sordo en la base del cuello. Al moverme, noté que el lado izquierdo de la enorme cama King Size estaba vacío, aunque las sábanas aún conservaban el calor y el olor característico de Caleb.
Me senté despacio. Sobre mi mesa de noche había una nota escrita con trazos firmes de tinta negra, junto a una taza de café que aún humeaba ligeramente.
"Los abogados recogieron el contra