Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente, la luz áspera de Nueva York se filtraba por las rendijas de las persianas.
Me desperté con un dolor sordo en la base del cuello. Al moverme, noté que el lado izquierdo de la enorme cama King Size estaba vacío, aunque las sábanas aún conservaban el calor y el olor característico de Caleb.
Me senté despacio. Sobre mi mesa de noche había una nota escrita con trazos firmes de tinta negra, junto a una taza de café que aún humeaba ligeramente.
"Los abogados recogieron el contrato a las 6:00 AM. La transferencia está hecha. Revisa tus cuentas. No llegues tarde a cenar. — C."
El pulso se me aceleró. Tomé mi teléfono de inmediato y abrí la aplicación del banco con dedos temblorosos.
Las alertas de embargo habían desaparecido. El saldo negativo, esfumado. Y en la cuenta vinculada a la Clínica Santa Elena, el pago del tratamiento experimental de mi madre figuraba como "Liquidado y garantizado por 12 meses".
Un nudo enorme, que no sabía que llevaba alojado en la garganta desde la noche en que descubrí la traición de Mateo, se deshizo de golpe. Dejé caer el teléfono sobre el colchón y cubrí mi rostro con las manos, soltando una respiración temblorosa.
Mi madre estaba a salvo. La asfixia había terminado. Había vendido un año de mi vida, sí, pero la mujer que me dio todo no iba a ser arrojada a la calle.
Me pasé las manos por el rostro, limpiando un par de lágrimas traicioneras, y me bebí el café de un solo trago. La cafeína me devolvió la lucidez y el instinto asesino. Caleb había cumplido su parte del trato; ahora me tocaba a mí reconstruir mi imperio. Y sabía exactamente por dónde empezar.
A las once de la mañana, empujé las puertas de cristal de la que solía ser la oficina de mis sueños.
La bilis me quemó la garganta al instante. Las elegantes letras plateadas en la pared de la recepción habían sido cambiadas; mi apellido ya no estaba. Ahora solo brillaba un solitario y arrogante Vance PR.
Mantuve la barbilla en alto y caminé hacia el interior con una pequeña caja de cartón vacía en las manos. No había venido a pelear por los escritorios ni por el espacio físico; legalmente, Mateo me había arrebatado el cien por ciento de las acciones. Había venido a llevarme lo único que no podía quitarme con un contrato amañado: mi talento humano.
El ambiente en la oficina era desolador. La mitad de los escritorios estaban vacíos. Los pocos empleados que no habían huido tras el escándalo murmuraban entre ellos, mirándome como si fuera un fantasma.
Mi antiguo asistente, un chico brillante y leal llamado Leo, se acercó a mí casi corriendo, con una expresión de pánico y alivio. —¡Señorita Rivera! Creí que no la volveríamos a ver. Las noticias dicen que el señor Vance tiene el control total y que usted...
—No creas nada de lo que lees en la prensa, Leo —lo interrumpí con una sonrisa suave, dejando la caja sobre un escritorio vacío—. Empaca tus cosas. Renuncias hoy. Te contrato como mi asistente ejecutivo principal, con un aumento del cuarenta por ciento. Empezamos a operar el lunes en una nueva ubicación.
Los ojos de Leo se abrieron desmesuradamente, pero antes de que pudiera responder, la puerta de la oficina principal se abrió de golpe.
—Vaya, vaya. La exiliada regresa por sus migajas —la voz de Mateo resonó por toda la sala, cargada de una petulancia que me revolvió el estómago.
Me giré lentamente. Mateo estaba apoyado contra el marco de la puerta, luciendo un traje que yo sabía que no podía pagar sin haber vaciado mis cuentas.
—Vine a recoger un par de objetos personales y a llevarme a mi asistente —respondí, mi voz destilando un desprecio absoluto—. Disfruta de las instalaciones, Mateo. Veremos cuánto tiempo puedes mantener las luces encendidas cuando los clientes se den cuenta de que el cerebro de las operaciones se acaba de ir por esa puerta.
Mateo soltó una carcajada seca, avanzando un par de pasos hacia mí. —Firmaste los papeles, Alexandra. Esta es mi empresa. Todo aquí me pertenece. Si intentas llevarte a mis empleados o tocar un solo archivo de esa computadora, llamaré a seguridad y te haré arrestar. Y dile a tu nuevo "prometido" que su teatrito en la gala no me asustó. Sigo teniendo el control.
El silencio que cayó en la oficina fue tan denso que se podía escuchar el zumbido de la ventilación.
Pero la atmósfera se rompió cuando las puertas principales de la agencia se abrieron.
La temperatura de la sala pareció caer diez grados de golpe. Caleb Navarro entró en la recepción. Llevaba un traje oscuro de tres piezas y una expresión tan gélida y despiadada que varios empleados contuvieron el aliento y bajaron la mirada. Detrás de él, como dos sombras mudas, venían dos hombres de su equipo de seguridad personal.
Me quedé paralizada mientras él cruzaba la sala y se detenía justo a mi lado. Su mano, grande y cálida, se posó con firmeza en mi cintura, un gesto territorial que no pasó desapercibido para nadie en la habitación.
—¿Qué haces aquí? —siseé en voz baja, consciente de los oídos que nos rodeaban—. Dejaste una nota diciendo que nos veríamos en la cena.
Caleb no me miró. Mantuvo sus ojos oscuros e implacables fijos en Mateo. —Dije que no llegaras tarde, Alexandra. No dije que te dejaría venir sola a la cueva de esta rata.
Mateo tragó saliva visiblemente. El falso coraje que acababa de mostrar se desmoronó bajo el peso de la simple presencia de Caleb. —Navarro... este es un asunto interno de mi empresa. No tienes jurisdicción aquí.
—Tienes razón, Vance. Quédate con tu cascarón vacío y tus deudas —Caleb dio un solo paso adelante, pero fue suficiente para obligar a Mateo a retroceder instintivamente—. Mi futura esposa solo vino a recoger lo que es suyo. Pero si vuelves a amenazarla con llamar a seguridad, me aseguraré de comprar el banco que sostiene las líneas de crédito de esta agencia y te echaré a la calle yo mismo antes del atardecer.
La amenaza flotó en el aire, brutal y definitiva. Mateo no se atrevió a decir una sola palabra.
Caleb se giró hacia mí, ignorando a mi exsocio por completo. —¿Terminaste aquí? —preguntó en un tono más suave, aunque sus ojos seguían ardiendo con esa energía protectora y dominante.
Asentí, tomando mi pequeña caja con una mano. Miré a Leo, que observaba la escena maravillado. —Te mandaré la dirección del nuevo espacio de trabajo esta noche, Leo. Prepara tu carta de renuncia.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida. Caleb me siguió de cerca, escoltándome hacia el ascensor.
Una vez que las puertas de acero se cerraron, dejándonos solos en la cabina, me giré hacia él. Mi corazón latía a mil por hora, una mezcla de adrenalina por haber enfrentado a Mateo y pura irritación por la intervención de Caleb.
—Te lo dije ayer y te lo repito hoy: no necesito que me mandes niñeros, ni que aparezcas para rescatarme, Navarro —le reclamé, apoyando la caja contra mi cadera—. Estaba manejando la situación.
Caleb se aflojó ligeramente la corbata, mirándome con una paciencia que me sacaba de quicio. —Estábamos a un comentario de distancia de que ese imbécil intentara ponerte una mano encima. Y créeme, si lo hacía, habría pasado mi mañana en una comisaría por romperle la mandíbula.
—Es mi guerra, Caleb.
—Y tú eres mi esposa —replicó él de inmediato, acortando la distancia en la pequeña cabina del ascensor—. Tu deuda personal está saldada, pero no voy a dejarte vulnerable ante él. Tengo una planta completa vacía en el piso cuarenta de la torre Navarro. Puedes instalar tu nueva agencia ahí hoy mismo.
Lo miré, incrédula. Dejé salir una risa seca, negando con la cabeza. —No. Ni se te ocurra, Caleb.
Él frunció el ceño. —¿No qué? Es un espacio de primer nivel. Tendrás la seguridad de mi edificio y no pagarás un alquiler sobrevalorado hasta que recuperes tu cartera de clientes.
—No voy a mudar mi empresa a tu edificio porque no soy una filial de Navarro Holdings —respondí, mirándolo directamente a los ojos con la misma firmeza con la que le había rechazado el cheque en blanco a su abuela—. Si acepto ese piso, la prensa y los clientes creerán que soy tu mascota corporativa. Creerán que me compraste una agencia nueva.
Caleb endureció la mandíbula. —Es por tu seguridad y por la facilidad logística.
—Voy a alquilar un loft en Brooklyn o un coworking barato, y empezaré desde cero. Con mis reglas —sentencié, dando un paso hacia él para dejar clara mi postura—. Salvaste la clínica de mi madre, Caleb. Te lo agradezco, de verdad. Y te lo voy a pagar fingiendo ser la esposa perfecta ante tu familia y los medios. Pero mi cerebro, mi talento y mi agencia no te pertenecen. No me vas a controlar en esto.
Caleb me sostuvo la mirada durante varios segundos. El ascensor descendía a toda velocidad, pero el tiempo parecía haberse detenido en la tensión que crepitaba entre nosotros. Esperaba que me gritara, que me recordara el contrato, que usara su autoridad de CEO.
En cambio, una sonrisa lenta y oscura curvó sus labios. La furia en sus ojos fue reemplazada por una admiración genuina, cruda y peligrosa.
—Eres la mujer más maldita y terca que he conocido en mi vida —murmuró, su voz rasposa.
—Y tú el más controlador y arrogante —respondí, sin apartar la mirada—. ¿Estamos de acuerdo, entonces?







