El cañón del revólver temblaba ligeramente, apuntando directo al centro de mi pecho.El ruido de la calle en Brooklyn pareció desvanecerse, engullido por el zumbido ensordecedor de la sangre golpeando mis oídos. El tiempo se ralentizó. Mateo estaba a menos de dos metros de mí. Apestaba a sudor frío, alcohol rancio y desesperación absoluta.—¡Atrás! —gritó Mateo, su voz aguda y rasgada, girando el arma por una fracción de segundo hacia Marcus y los dos escoltas que ya tenían sus pistolas desenfundadas—. ¡Si alguien da un paso más, le vuelo el corazón!—Baja el arma, Vance —ordenó Marcus, su voz sonando robótica y entrenada, aunque no bajó su pistola ni un milímetro. Mantenía la mira fija en el centro de la cabeza de Mateo—. No tienes salida.Mateo soltó una carcajada histérica que le sacudió los hombros.—¡Ya no me importa! ¡Me lo quitaron todo! Mis cuentas, mi agencia, mi reputación... ¡Estoy muerto! Y si yo me hundo, la zorra que me arruinó se viene conmigo.Acortó la distancia de go
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