Dos semanas después, la sala del Juzgado de Familia estaba en silencio. Las paredes blancas y frías contrastaban con el calor emocional que se respiraba. Lucas vestía una camisa azul que Valeria le había planchado esa misma mañana. Estaba sentado entre sus padres, con las manos sobre las rodillas y la mirada fija en el suelo.El juez, un hombre de unos cincuenta años con gafas y expresión cansada, revisaba los documentos. Del otro lado, a través de videollamada desde España, estaba Víctor Montenegro, acompañado de su abogado.—Lucas Montenegro —dijo el juez con voz firme pero amable—, tienes diez años, pero eres lo suficientemente maduro para que tu opinión sea tomada en cuenta. ¿Puedes decirme, con tus propias palabras, qué es lo que quieres?Lucas levantó la cabeza. Su voz tembló al principio, pero ganó fuerza.—Quiero ir a España un mes. Quiero conocer a mi abuela, a mis primos y la casa donde vivió mi papá. Quiero leer las cartas que me dejó. Siento que me falta una parte de mí y
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