Los días siguientes pasaron en una extraña niebla. Lucas intentaba disfrutar del tiempo con su abuela, pero cada sonrisa que le daba le costaba un pedazo de su corazón. Isabel parecía revivir con su presencia. Todas las mañanas desayunaban juntos en el jardín, le contaba historias de cuando Rafael era pequeño y le pedía que le leyera en voz alta algunos capítulos de un libro infantil que tenía guardado desde hacía años.—Tu padre nunca tuvo paciencia para leer —decía Isabel riendo débilmente—. Tú eres mucho más calmado que él.Lucas sonreía, pero por dentro se sentía exhausto. Cada noche, antes de dormir, marcaba el número de su mamá. A veces contestaba, a veces no. Cuando lo hacía, las conversaciones eran cortas y tensas.—Estoy bien, mamá —decía él.—Me alegro, hijo —respondía ella con voz apagada—. Cuídate.Y nada más.Una tarde, mientras Lucas jugaba ajedrez con su abuela en la sala principal, Isabel tuvo un fuerte acceso de tos. Se llevó la mano al pecho y palideció. Lucas se lev
Ler mais