Dos semanas después, la sala del Juzgado de Familia estaba en silencio. Las paredes blancas y frías contrastaban con el calor emocional que se respiraba. Lucas vestía una camisa azul que Valeria le había planchado esa misma mañana. Estaba sentado entre sus padres, con las manos sobre las rodillas y la mirada fija en el suelo.
El juez, un hombre de unos cincuenta años con gafas y expresión cansada, revisaba los documentos. Del otro lado, a través de videollamada desde España, estaba Víctor Monte