La semana siguiente pasó en una tensión casi insoportable.La casa, que siempre había sido un espacio de risas y juegos, ahora parecía envuelta en una nube pesada. Lucas estaba más callado que nunca. Mateo y Emma sentían que algo pasaba, pero nadie les explicaba nada. Valeria apenas dormía, y Diego se había vuelto más protector que nunca. Revisaba la seguridad de la casa dos veces al día y casi no dejaba que Lucas saliera solo al jardín.El día de la visita llegó un viernes por la tarde.Víctor Montenegro llegó exactamente a las cuatro, tal como habían acordado. No vino solo. Lo acompañaba una mujer de unos cuarenta años, elegante, de cabello negro y mirada penetrante. Se presentó como Laura, su esposa.Cuando Valeria abrió la puerta, Víctor le entregó un ramo de rosas blancas.—Un detalle, nada más —dijo con voz calmada—. Gracias por permitirnos venir.Valeria tomó las flores sin mucho entusiasmo y los invitó a pasar. Diego los esperaba en la sala principal, de pie, con los brazos cr
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